JULIO CASTRO: “LA MISIÓN SOCIOPEDAGÓGICA DE 1945 A CARAGUATÁ” (*)

…que la vida no me sea indiferente…

…que la vida no me sea indiferente…

“Los maestros de contexto crítico atienden una población en permanente riesgo social, como hijos maltratados por sus padres, acostumbrados a trabajar cual si fueran adultos, algunos nada familiarizados con los usos y buenas costumbres, mal hablados y agresivos, que suelen ponerse a la defensiva cuando el maestro o maestra se les acerca. Están mal alimentados, no tienen controles médicos y padecen graves problemas de vivienda. Andan descalzos en casitas de piso de tierra, donde no tienen saneamiento. Muchos vienen a clase con olor a orina (…)»Tenemos niños de primero que no quieren sentarse en el inodoro porque le tienen miedo, no saben lo que es; nunca antes agarraron un lápiz y no saben lo que es un picaporte«.

“Contra mi costumbre, esta nota y las que seguirán voy a publicarlas bajo firma. Hay cosas que deben ser dichas poniendo en ellas toda la responsabilidad en lo que se dice (…). Pero a la verdad, hay que decirla toda.

Hemos vivido diez días en los rancheríos de Caraguatá a muchas leguas de Fraile Muerto, la estación de ferrocarril más cercana. Y hemos visto de cerca, en convivencia muy íntima, cómo viven los habitantes pobres de Caraguatá (…). Todo esto me obliga a decir las cosas por su nombre y a respaldarlas con mi firma. No es mucho, pero es lo que humanamente puedo hacer porque se conozca una dolorosa verdad (…).

Porque a las verdades generalmente les huimos. O son desagradables o nos quitan la tranquilidad, o turban nuestro bienestar. Y la solución más cómoda es no darnos por enterados. De todos modos, con esta actitud quedamos blindados frente al dolor ajeno, y a los demás que los parta un rayo. Pero veces hay en que las cosas son tan gruesas que hasta ese instinto de bienestar pasa a segundo plano. Es lo que quisiéramos para nuestros lectores: que siguieran con sensibilidad y condición humanas la exposición de lo que ha sido nuestra experiencia, sin prejuicios ni preconceptos. Para informarse de hechos que hacemos conocer.

Porque creemos que lo visto allá debe saberlo todo el país, es que lo escribimos. No hay derecho a vivir ignorando ciertas cosas de lo que sucede entre nuestra gente sin que, en buena parte, nos convirtamos en culpables de un estado de cosas por la tozudez egoísta de seguirlo ignorando (…).

Allí, en Caraguatá, el pobrerío no se lava. No vimos un solo pedazo de jabón, ni palangana que hubiera sido usada. La mugre, la suciedad más inverosímil impera en toda su plenitud, especialmente entre los niños.

La ropa que éstos usaban – que por otra parte eran sólo andrajos – no había sido lavada ni remendada nunca.

Y si uno preguntaba por todo esto, invariablemente obtenía estas respuestas: No tenemos hilo; no tenemos jabón; no tenemos agua; no tenemos frazadas; no tenemos… (…)

Los misioneros se encontraron frente a una realidad que se expresaba por sí sola con irrebatible elocuencia. Aprendieron allí de golpe, brutal pero eficazmente, las contradicciones de nuestro mundo económico. Entre vacas, y sin carne ni leche; entre ovejas y muriendo de frío; en el campo y sin agua. Con la escuela próxima y no pudiendo ir a ella por falta de ropa (…). En la mejor zona papera del país, la papa no puede plantarse casi, por la carestía de los fletes y por la carestía de la semilla. Además los habitantes de los ranchos generalmente no tienen más que un pequeño solar, de modo que la producción agrícola es muy limitada.

No crían animales, de ahí que no tengan leche. No se ven, siquiera, gallinas. No se ve, tampoco, una herramienta de labor (…). Hay que destruir un concepto falso, de literatura de exportación, que anda entre gente que hace interpretación de lo que no conoce. El hombre del rancherío no es un rebelde, ni un resentido, ni un revolucionario en potencia. Es algo mucho más simple: es un vencido, un entregado (…).El que pone en la mente del habitante del rancherío un propósito de militancia social, hace literatura. La característica más saliente en este caso es la aceptación sin protestas de su destino (…).

Por la tarde hicimos nuestra fiesta. La recorrida por el rancherío nos trajo mucho público. Casi nadie había visto cine en su vida y su sorpresa pasaba todos los límites cuando veían moverse a las figuras. Los grandes – viejos y jóvenes – se sentaban en los bancos; los pequeños en el suelo, en los ponchos tendidos sobre las baldosas. Los títeres fueron otra sorpresa. Los muñecos hacían reír hasta desternillarse a gentes que parecía que no habían reído nunca. El violín de Moisés Lasca (estudiante) y las poesías recitadas por dos muchachas encantadoras, Laporta y Buzó, hicieron correr lágrimas por más de una mejilla curtida. Otros daban charlas sobre distintos temas y no faltó quien diera una de esas charlas y saliera enseguida otro que hiciera la imitación grotesca de la misma para hacer reír sanamente a aquella gente que no sabía lo que era la risa (…).

Lo más grave de los rancheríos no es su número, sino su crecimiento. Las causas que los generaron continúan actuando y la multiplicación de los hijos acelera el proceso. Hace 30 años se calculaba en 35 mil el número de habitantes de los rancheríos; ahora se calcula en más de 120 mil, es decir, en 30 años se ha cuadruplicado. Y en esos treinta años (…) nadie ha hecho nada por solucionar el problema. Nadie hace ahora nada por esas gentes (…). Aquí vivimos en un mundo de merengue; batimos y rebatimos claras de huevo y azúcar. Cuando hemos llegado a soluciones, ellas son espuma. Y como espuma que son, sirven sólo de adorno, o se pierden en la nada. Con los rancheríos, con la reforma agraria, con los desalojos rurales, con los créditos agrícolas ha pasado y pasará lo mismo. Todavía estamos en la etapa de la psitacosis: hablamos de un problema y lo damos por resuelto. Pero en los hechos, en lo concreto, NO HACEMOS NADA.

El mérito de la misión pedagógica está en su condición de cosa práctica. Los muchachos no discutieron, ni escribieron: fueron a trabajar y a ver. Los resultados, pocos o muchos, buenos o malos, fueron fruto de una experiencia vivida. Para lograrlos pasaron frío, caminaron leguas, supieron lo que era la mugre en su propia piel. Y esto es lo que tiene valor”

(*)Fuentes: MARCHA, Montevideo, números de 13, 20 y 27 de julio y 3 de agosto de 1945

«…recuerdo un atardecer, triste, frío, lluvioso, en que varias misioneras eran presas de la nostalgia de la ciudad, de la comodidad, de la voz de la madre, del hermano, del novio y me entusiasmó al recordar cómo reaccionaron, cómo el espíritu misionero se sobrepuso y aquellos cinco o diez minutos de silencio fueron rotos por el acordeón piano.»

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