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Opinión
ELOGIO DE DOÑA EULOGIA
Domingo, 14 de Agosto de 2011

Mi bisabuelo materno, Tomás Peña, era un adolescente al borde de la mayoría de edad cuando su madre, viuda, dispuso su inmediato alejamiento de Ledantes, su cantábrico solar natal. Lo mandó cruzar solo el Atlántico y llegar al norte de nuestro país, a cargo de un primo mayor, Juan Gómez, quien había emigrado años antes. Mi ignota tatarabuela, de quien ni siquiera el nombre me ha llegado, había tomado esa súbita y drástica medida de separación cuando estalló la guerra de Cuba. Ya tenía hijos en servicio obligatorio en la Armada. No puedo asegurarlo, pero mi abuela creía recordad que dos de sus tíos sucumbieron en la alevosa batalla naval de Santiago, en la que los vetustos y frágiles navíos de madera españoles salieron de la bahía para ser inmediato hundidos por los poderosos acorazados norteamericanos, absolutamente indiferentes al quijotesco heroísmo de los marinos hispanos. Supongo que ese brusco extrañamiento familiar y esa experiencia de no haber compartido el destino de sus hermanos, por desesperada decisión de una madre a la que jamás volvió a ver, tuvieron mucho que ver en el jocundo y entrañable apego a la vida que dominó por completo a don Tomás durante todo el resto de sus días.

Trabajador como todo inmigrante, o como todo viviente que sabe que sólo depende de sí mismo, de una cordialidad cuya fama lo va sobreviviendo noventa años, hábil negociante, acumuló una fortuna considerable como hacendado y comerciante. Esa fortuna no fue mayor porque nunca se privó a sí mismo, ni mezquinó a su familia, los placeres de la vida. Pero no habiendo una palabra con él, apuesto que lo que él más agradecía a su coactiva venida a nuestra tierra fue la oportunidad de haber conocido a una prima de su primo, doña Eulogia López Gómez, quien fuera, por más que perturbara a menudo la placidez de su hogar, la compañera de toda su vida.

A mi abuela Eulogia no me la han descrito, la he podido ver en fotografías e incluso en una película que filmó uno de sus yernos, hacia fines de la década de 1920, en una chacra que la familia tenía en los arrabales de Tacuarembó. Era un día soleado y todos los Peña López estaban presentes. El camarógrafo los fue registrando tanto en grupo como uno a uno, pero con habilidad, tratando de que ellos no se dieran cuenta de que los estaba filmando. Doña Eulogia, dad su incuestionable jerarquía familiar, fue enfocada más de una vez. Me quedó grabada una secuencia en la que ella, ensimismada, se acerca a la cámara, mirando a su entorno y tendiendo uno de sus brazos, en una indicación mandona, a alguien que está fuera de cámaras. Es el capitán que se moviliza en su puesto de mando. Enérgica, pendiente de todos los detalles, pese a que ya era una anciana. No podía ser de otro modo, porque tengo las mentas de que no sólo nadie la mandó hasta el último de sus días, sino que a nadie, incluido mi bisabuelo, dejo de mandar. Ví fotografías de sus años mozos: la clásica de las bodas y dos o tres de cada vez más acrecidos grupos de familia. ¿Qué seducía en doña Eulogia a don Tomás? No era, por cierto, una beldad pero tampoco era fea; casi diría que era una mujer interesantísima. Adolecía de cierta notoria desproporción; de escasa estatura, tenía una cabeza grande, con un semblante espléndido en el que se destacaba, aun en el papel o en el celuloide, una mirada que podía calificarse de hermosa, que lo era, pero que desviaba la atención hacia una inusitada manifestación de energía. Eulogia era, sobre todo, eso; estaba henchida de voluntad de vivir; de vivir con la mayor intensidad que le fuera posible. Todos sus hijos la recordaron como una excelente madre. Y los vecinos que la sobrevivieron y a los que llegué a conocer me la destacaron, con o sin envidia a mi bisabuelo, como una mujer decidida, generosa pero exigente, que si bien no lograba dominarlo, tampoco era en modo ninguna sumisa o dependiente.

Recuerdo de ella tres historias que creo que la muestran de cuerpo entero.

Cuando se lanzaron al mercado mundial los Ford T, el cuarto que llegó a Tacuarembó fue comprado por mi bisabuelo. Obvio es que no estaban dadas las condiciones para que hubiera en la ciudad estación de servicio, por lo que cada automovilista debía adquirir el combustible en inmensos bidones que le llegaban por el ferrocarril. En casa de los Peña, esos bidones eran guardados en un galpón levantado a los fondos del jardín. Don Tomás no se consideraba en edad de manejar y confió la conducción del auto a uno de sus empleados de mayor confianza. A Eulogia no le gustaba ir en el asiento de atrás ni que su marido no se atreviera a manejar. Y, en vano, lo hizo saber una y otra vez, recibiendo siempre una respuesta que progresivamente la enervando: “A ti no te corresponde aprender a manejar, Eulogia, no sólo porque como yo estás demasiado vieja para aprender sino, además, porque eres una señora. ¿Cómo se te ha ocurrido que las mujeres manejen autos?” A nadie de la familia extrañó el desenlace de la situación. A don Tomás la siesta le resultó apacible hasta que lo despertó un terrible y aparentemente trágico estruendo. Hombre de reacciones rápidas, exclamó: “¡Eulogia!” y se lanzó a la ventana que le permitía ver desde su dormitorio el galpón. Y vio lo que temía ver. El auto estaba introducido en el galpón, y tres o cuatro bidones más o menos abollados lo cubrían. A su lado, su mujer y su nieto, de nueve años, ya liberados de sus asientos y de los bidones, le daban la espalda midiendo el estropicio. El niño, sin llorar, se frotaba la cabeza. Eulogia le había pedido al nieto que se fijara bien cómo se manejaba el Ford, que memorizara todos los movimientos y que luego ella y él los practicarían en cuanto el abuelo se descuidara. Todo fue bien hasta que el niño y ella consideraron que ya estaban en condiciones de ensayar la marcha atrás. Olvidaron de acompañar la maniobra, acudiendo al freno en el momento adecuado.

En la siguiente historia, Eulogia ya sabía manejar pero por las calles de la ciudad y no por apenas adivinables caminos de campaña. Tuvo la humildad de pedir al chofer que la llevara al Valle Edén y él no se pudo negar porque ya era viuda y nadie podía siquiera cuestionar sus decisiones. Era 1933 y en muchos lugares del norte se habían reunidos revolucionarios aguardando que se dieran las condiciones para desatar el movimiento. En Valle Edén había un campamento al que había acudido su hijo menor. Durante el difícil trayecto, Eulogia vio una precaria avioneta del gobierno volando, como un cuervo, en círculos cuyo eje era la columna de humo que levantaba el fogón de los pacientes revolucionarios. No llegó al campamento, irrumpió en él y lo tomó de inmediato. Miró a su alrededor y divisó a su hijo. Le señaló el auto y le dijo: “¿Tomá tus cosas y subí!” Vio otras caras y eligió a dos: “¡Ustedes también! ¡Qué necesidad de andar angustiando a las pobres madres con esta payasada!”. Los tres revolucionario la obedecieron, no sé si con mansedumbre o con alivio, porque ya estaban aburridos. Durante todo el viaje, Eulogia los rezongó:

- ¡Revoluciones! ¡Revoluciones eran las de antes!

La tercera historia es la de su muerte. En los últimos años, le descubrieron una diabetes que le resultó insoportable porque era muy golosa. Vigilada muy estrictamente por sus hijas, se la condenó a no comer ni tortas, ni milanesas, ni arroz con leche, ni manjares del cielo ni ninguno otro de la Tierra que pudiéramos imaginar.

Un día no despertó. No es que tuviera muerta, prolongaba su sueño en un coma diabético que duró hasta que interrumpió su respiración apacible. Al ordenar sus cosas, las hijas la hallaron, entre las sábanas almidonadas, hojas de romero y una inmensa caja vacía de bombones franceses

Mi abuela, ya sujeta a la disciplina sanitaria de una de sus hijas, no censuraba a su madre. Yo diría que la envidiaba, porque suspiraba, acaso criticando su falta de rebeldía y me decía:

- ¡Qué mujer que supo ser mi madre!

TOMAS DE MATTOS

 
Política y economía norteamericana
Domingo, 14 de Agosto de 2011

EL PATRIOTISMO DE LOS RICOS

En todo el mundo, los ricos casi no emigran, casi no integran los ejércitos que mandan a sus guerras y que luego llenan de honores y aplausos, y maldicen al Estado que les chupa la sangre. Cuando las economías van bien, exigen recortes de impuestos para sostener la prosperidad y cuando las cosas van mal exigen que el maldito Estado los rescate de la catástrofe (con dinero de los impuestos, está de más decir).

Desde la crisis financiera de 2008, la mayor preocupación de la clase media norteamericana ha sido el desempleo y el déficit, ambas herencias del gobierno republicano de George Bush. Dentro de este partido, el Tea Party ha surgido con una fuerza que le ha permitido dominar su retórica pero tal vez sea su propia ruina en las próximas elecciones, que en principio se les presentan favorables. Su bandera es la ideología Reagan-Thatcher y la ortodoxia de oponerse a cualquier incremento en los impuestos. Aseguran que no se puede penalizar a los exitosos, los ricos, con impuestos, porque son los ricos quienes crean los puestos de trabajo cuando la riqueza comienza a derramarse desde arriba. En un debate de 2008, Obama comentó que los partidarios de esta teoría (más bien, ideología) con la crisis habían descubierto que cuando se espera que la riqueza gotee de arriba el dolor comienza a subir desde abajo.

Los datos actuales (para no ir lejos) contradicen la teoría del “trickle-down” llevada a sus extremos por el último gobierno republicano, ya que (1) la capacidad de la avaricia de los “de arriba” es ilimitada, sino infinita, y (2) el desempleo no ha bajado en los últimos años, sino lo contrario. Aunque en el país ya no se destruyen 700.000 empleos por mes como hace un par de años, la creación de nuevos puestos sigue siendo débil (entre 15.000 y 250.000 por mes; un ritmo saludable para bajar el 9.2 % de desempleo debería ser de 300.000 nuevos puestos por mes).

Por otro lado, en el último año la productividad ha crecido en proporciones muchos mayores y, sobre todo, los beneficios de las grandes compañías. Cada semana se pueden leer en los diarios especializados los resultados de una gigante financiera, industrial o de servicios que han incrementado sus ganancias en 30, 50 o 60%, como algo normal y rutinario. Cualquiera de estos porcentajes significan varios billones de dólares. Incluyendo las antes desahuciadas automotoras de Detroit. Sin entrar en detalles de cómo la clase media, Estado mediante, financió el rescate de todos esos gigantes, sin elección y bajo amenaza de que algo peor podía haber seguido. Desde los ´80, la riqueza arriba se sigue acumulando y el desempleo abajo continúa desde el 2009 en niveles históricos. Estudios han mostrado que esta diferencia entre ricos y pobres (Bureau of Economic Analysis), una característica latinoamericana, ha crecido bajo esta ideología del trickle-down.

Mucho antes de la crisis de 2008, cuando todavía existía un superávit heredado de la administración Clinton, los republicanos lograron reducir los impuestos sobre los sectores más ricos, entre ellos las petroleras. Este período de gracia vencía este año y fue extendido por el propio Obama bajo presión republicana, poco después de que los Demócratas perdieran el control de la cámara baja. Entonces, el presidente Obama fue fuertemente criticado por su propio partido por dar más concesiones a los Republicanos que exigir de ellos algo a cambio. No obstante, en las últimas semanas las posiciones se han polarizado. En una de las últimas reuniones con los republicanos, Obama, el que nunca pierde el equilibrio, se levantó abruptamente amenazando: “no me prueben”. Ante las negociaciones para incrementar el techo de endeudamiento (práctica normal en Estados Unidos y en muchos otros países; sólo en la administración Bush se votó siete veces la misma medida) los republicanos continúan procurando suspender y eliminar varios programas de asistencia social y negándose radicalmente a subir los impuestos a los más ricos (en muchos casos, billonarios).

Por el otro, los demócratas y el presidente Obama se resisten a reducir los servicios sociales y en contrapartida exigen incrementar los impuestos a los más ricos. He escuchado a unos pocos millonarios preguntándose por qué ellos no pagaban más impuestos cuando son ellos, precisamente, los que más posibilidades tienen de aportar cuando el país necesita. Cuando el país de mitad para abajo lo necesita, habría que aclarar. Pero aparentemente no son estos millonarios los que hacen lobbies presionando en los congresos de los países. De cualquier forma, y a pesar de toda esta mise-en-scène republicana, no tengo dudas de que antes del 2 de agosto el parlamento votará una nueva alza del techo de endeudamiento. ¿Por qué? simplemente porque le conviene a los dioses inversores de Wall Street. No porque haya trabajadores sin empleos o soldados sin piernas esperando por la caridad del Estado que los mandó al frente a cambio de un discurso y unas pocas medallas.

JORGE MAJFUD

Jacksonville University

Julio 2011

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¿Qué pasa con los deberes sociales?
Domingo, 14 de Agosto de 2011

Durante la dictadura, y más intensamente todavía desde el fin de ese periodo, en 1985, hasta nuestro días, desde la prensa, el Parlamento, los diferentes niveles de la enseñanza, organizaciones no gubernamentales vinculadas con el tema, los ámbitos sindicales, etcétera, se reivindica permanentemente la defensa y el reclamo de la vigencia plena de los Derechos Humanos en los diferentes planos de la vida de la sociedad. Y ello está bien. Es lógico que una sociedad que ha vivido el drama del autoritarismo y de las restricciones a las libertades tenga bien presente la importancia que tiene dicha cuestión en lo que hace a la dignidad humana y a la pacífica convivencia en sociedad, particularmente al equilibrio que debe existir entre el poder fáctico del Estado y los derechos inherentes a la persona conforme a la concepción jus naturalista que subyace a la Declaración de tales Derechos dentro de nuestro ordenamiento jurídico. Es, además, no sólo materia reivindicada en nuestro Uruguay, sino como corriente universal y debe ser muy especialmente atendida en los programas educativos de tal forma que las nuevas generaciones valores la importancia de tales derechos en cuanto hace a la propia existencia de la gente y la supervivencia del Estado de Derecho.

Ahora bien, siempre en la vida debe existir un equilibrio elemental entre una y otra cara de la moneda. Es decir, debe darse en forma también destacada la vigencia de los deberes con la sociedad. Somos seres humanos y en tanto tales somos titulares de derechos elementales pero también tenemos obligaciones y compromisos para con el cuerpo social en el que vivimos. No estamos ante el hombre de las cavernas y por tanto debemos tener claro el necesario equilibrio entre los derechos propios de la individualidad y los deberes para con la sociedad, de acuerdo y sabiendo que no existen derechos absolutos y sagrados sino que éstos siempre están limitados por la existencia de un interés general. Este tema parece no tan claro para mucha gente cuando advertimos que incluso detrás de ciertos reclamos corporativos o de las expresiones de protesta individual existen en realidad intereses individuales, generalmente bastante egoístas, que no están ni actúan pensando en el interés general de la sociedad sino exclusivamente en aquello de “hace la tuya”.

Parece claro que sobre este tema es necesario insistir tanto como en el de los Derechos Humanos, para que generemos conciencia de que esto es demasiado importante precisamente para que prevalezca el sano equilibrio entre individuo y sociedad y entre ejercicio de poder del Estado y reivindicación de los derechos individuales. En esta materia, tanto la educación como los medios de comunicación, tienen una enorme responsabilidad en cuanto a difundir y generar conciencia acerca de esta cuestión. De lo contrario el individualismo, que algunos creen debe ser absoluto, termina poniendo en riesgo la estabilidad misma de la convivencia y del régimen de derecho. De la misma forma que muchas veces a lo largo de nuestra historia y de la historia universal nos hemos encontrado con la mentalidad de lo social es absoluto, que lo importante es lo colectivo y que el hombre es un mero instrumento y entonces se concluye en las concepciones trasnpersonalistas que, ya sea invocando valores nacionales o concepciones raciales o de lucha de clases sociales, justifican el aplastamiento del individuo y la imposición del Estado por encima de cualquier reivindicación del ser humano o de los derechos que le son inherentes.

Como se ve, entonces, la cuestión está, como en tantas otras cosas en la convivencia social, en lograr el equilibrio, tanto en lo político institucional como en lo cultural, y en ese aspecto tenemos mucho por hacer. Eso no es otra cosa que avanzar en la madurez misma del pueblo a través de sus diversos actores y expresiones para el ejercicio de la vida democrática. No es otra cosa que aquello de José Pedro Varela cuando en el siglo XIX, en pleno proceso de la reforma educativa que estableció los cimientos básicos de la educación en Uruguay, dijo que “para hacer la República primero hay que hacer a los republicanos”.

Senador Dr. EBER DA ROSA

 


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